Libertad interior y amor al prójimo.
Ayunando queremos significar que los valores materiales no son absolutos, que lo único absoluto es Dios.
El ayuno nos hace más libres. No es la renuncia por la renuncia, sino una opción personal que me lleva a vivir mejor los valores superiores.
El ayuno nos abre a los demás. Lo que ahorramos ayunando lo podemos destinar a los más necesitados. Por eso el ayuno va unido a la caridad, nos hace más solidarios con los débiles y con aquellos que se ven obligados a ayunar por necesidad. Nos abre más a Dios y al prójimo.
El ayuno es el signo sacramental de nuestra comunión con el Cristo Pascual. La renuncia, el ayuno y el sacrificio son una experiencia de muerte a nuestro yo, a nuestra autosuficiencia, a nosotros mismos; pero es también una experiencia de resurrección, es decir, de aceptación a la nueva vida con Cristo.
De esta manera, el ayuno se convierte en el signo exterior de nuestra conversión.
En medio de una sociedad que estimula el gasto y la satisfacción de todo tipo, los cristianos hemos de realizar el gesto del ayuno, pero eso sí, ayunar con alegría.