Reflexión de nuestro párroco sobre el sentido profundo de recibir a Cristo en la comunión.
El hombre de hoy se dice a sí mismo: “yo soy la norma y a mí nadie me tiene que decir lo que he de hacer”.
Evidentemente, esta forma de pensar no corresponde a la doctrina de la Iglesia Católica. Además, en general, el hombre de hoy tiene, con frecuencia, una pérdida de la conciencia del pecado y de lo sagrado.
Decimos esto porque, cada vez es más frecuente ver a personas que se acercan a comulgar en la Eucaristía, sin estar debidamente preparadas espiritualmente, como nos indica la Iglesia. Algunos, incluso viviendo alejados de la Iglesia, cuando llegan momentos de celebraciones un poco especiales, dígase por ejemplo bodas, primeras comuniones, funerales…, se acercan a comulgar con el único sentimiento subjetivo de: “me apetece comulgar”.
Pero, el amor sagrado de Dios no es cuestión de apetencias.
Sepamos pues que, cuando comulgamos, es al mismo Jesucristo a quien recibimos. En consecuencia, tomemos conciencia de que en la Eucaristía recibimos el sagrado amor de Jesucristo, muerto en cruz para el perdón de nuestros pecados, y resucitado para que todos tengamos vida eterna.
Y que, este Amor, nos compromete a su seguimiento hasta dar la vida por Él, si fuese necesario.